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El Códice de Magas es un diario personal de un Oculto, de la rama egipcia de la Orden. En él, se recoge lo sucedido durante el último sínodo de los Ocultos, presidido por Amunet en una guarida de Alejandría alrededor del año 30 a.C., donde se debaten las ironías del Credo y se establecen los tres preceptos. La asamblea está narrada desde el punto de vista de uno de los acólitos presentes, entre los que figuraba Magas.[1]

Historia[]

El códice, que consta de seis páginas, fue elaborado en algún punto posterior al cónclave. Erróneamente, se le atribuye la creación de este códice a Magas, ya que es el único acólito cuyo nombre se menciona y el más activo en la reunión, pero el verdadero autor es otro de los acólitos con el que Magas tiene una conversación posteriormente. El códice comenzó poco después a circular por varias de las guaridas que los Ocultos tenían repartidas por todo el mundo. Sin embargo, esto no le pareció correcto a Amon, el otro fundador de los Ocultos, ya que revelaba la identidad de Amunet como una de las fundadoras y eso podía suponer un peligro. Así, Amon hizo entrega a un mercader llamado Reda de una carta que debía llegar a Amunet, pero que sin embargo nunca dejó sus manos.[2]

En algún punto en los siglos siguientes, las páginas del códice acabaron en las guaridas de la península romana de Britania. Con la marcha de los Ocultos de la isla en el siglo VI, las guaridas quedaron completamente abandonadas y las páginas del códice permanecieron allí durante otros tres siglos.[2]

En el siglo IX, a petición del Oculto Hytham, la vikinga Eivor localizó las seis guaridas repartidas por Inglaterra y reunió las páginas del códice. También conoció a Reda, que le enseñó la carta que Amon había escrito siglos antes y que había guardado como un regalo de un viejo amigo suyo.[2]

Páginas[]

Era un día típico de estudio y entrenamiento cuando, rompiendo con nuestra rutina habitual, el maestro Hakor acogió a una invitada en nuestra guarida alejandrina. Era una mujer firme de rostro estoico que parecía rodar la cincuentena. Entró en la estancia con pasos livianos y se sentó en el extremo de la sala. Pasó un rato en silencio, mientras el maestro Hakor nos ofrecía una vaga presentación de aquella figura desconocida. Mientras él hablaba, ella no le dirigió la mirada en ningún momento, pero sí la paseó por los acólitos que se sentaban ante ella, entre quienes yo me contaba.

Cuando al fin el maestro Hakor dio un paso al lado, la mujer se levantó y comenzó con una afirmación tajante.

"Si nada es cierto, entonces esta frase también ha de ser falsa".

La mujer dejó aquellas palabras en el aire. Tras un silencio largo y desconcertante, un aplicado acólito llamado Magas le respondió.

"El Credo en sí es una contradicción. Sugiere que el mundo no se puede dividir en verdades y falsedades, en hechos y ficción".

La mujer contestó: "Sí, el mundo simplemente es. Existe y nosotros no somos sino una pequeña parte de su todo".

"Pero todo aquello que existe es verdad, ¿no? A las cosas que existen las llamamos hechos".

"Existir es existir", replicó la mujer. "Las verdades y los hechos son subjetivos. Actos, no objetos".

Magas calló y la mujer continuó.

"Si todo está permitido, ¿quién nos da ese permiso?"

Otro silencio. Magas abrió la boca, inspiró y la volvió a cerrar sin decir nada.

La mujer explicó: "Nosotros mismos nos damos ese permiso. Somos el origen de nuestro propósito".

Nadie dijo ni una palabra de contestación mientras la mujer nos observaba. Parecía que nuestro silencio ni la complacía ni la decepcionaba. Entonces empezó a recorrer la estancia, lentamente, dando vueltas y contemplando nuestro salón oculto con una expresión próxima a la nostalgia o la satisfacción.

"Este conocimiento, este entendimiento acarrea una libertad tan amplia como terrible. La libertad de erguiros o caer, de vivir o morir por vuestra propia voluntad. Por eso nuestro Credo es tan afilado como una espada de doble filo. Debéis tomaros en serio esta paradoja. El éxito o el fracaso de nuestra Hermandad depende de vuestra disposición a vivir en el vacío insensible de este mundo, como si estuvierais perdidos en el Tártaro, solos y desesperados, pero albergando aun así la esperanza de que algún día se abrirá una puerta que dejará entrar la luz. Y de que saldréis, no solos, sino con todos vuestros hermanos y hermanas a vuestro lado".

La mujer se detuvo un momento y acarició con la mano un deteriorado pilar de piedra. Parecía estar reviviendo un recuerdo viejo o medio olvidado. Cuando volvió en sí, se alejó y continuó.

"Porque han estado con vosotros en todo momento, vuestros hermanos y hermanas, a vuestro lado, en las sombras. Habéis caminado a oscuras y en silencio, pero jamás habéis estado solos".

"Pero para ver la última luz, debéis sentir primero la pérdida, el vacío, el dolor. Y tenéis que actuar siempre creyendo que habéis fracasado, que volveréis a fracasar, que siempre fracasaréis. Este es el camino de los Ocultos, Fracasar cada vez mejor que antes. Vagamos por la oscuridad, siempre en busca de la luz".

Entonces hizo una pausa e inspiró profundamente.

"Pero aquí he de contradecirme. Pues si bien la naturaleza de la realidad es vacía e inescrutable, no es así la naturaleza de nuestro labor. Y para que esta Hermandad logre su propósito, debemos tener unos preceptos con los que juzgar nuestros logros. Reglas frías y duras. Verdades que debemos jurar".

Un leve murmullo recorrió a los acólitos allí reunidos cuando se percataron de lo que estaba ocurriendo. La Codificación Final, sobre la que tanto se había especulado, había llegado. La mujer volvió a hablar, esta vez con un tono más solemne.

"Desde el ocaso de los ptolemaicos, los Ocultos hemos trabajado par romper los grilletes que los hombres se imponen entre sí contra natura. Y lo hemos hecho siendo consecuentes con nuestro Credo, pero eso a menudo ha generado caos y confusión. Por ende hemos concebido tres preceptos, nacidos de la rigurosa práctica y la aplicación, para que nos guíen hacia éxitos mayores".

"El primero, ocultaos a plena vista. Que vuestros triunfos sean vistos por todos, pero actuad con rapidez y sin previo aviso".

"El segundo, no comprometáis a la Hermandad. Pensad antes de hablar y actuar, pues es la única forma segura de protegernos de influencias externas y evitar que nuestros motivos se corrompan".

"Y tres, alejad vuestra hoja de la carne del inocente. Solo aquellos que actúan con malicia en su corazón deben responder con crueldad. Los peones que obedecen al mal contra su voluntad no merecen sentir la punzada de nuestro acero, ni tampoco aquellos que se ven atrapados a su paso".

"Así lo han resuelto los Ocultos. Tres preceptos que, junto con el Credo, definen la senda que debemos seguir. Estos solamente y ninguno más. Soportar una carga mayor que está tan solo mermaría nuestra determinación".

Aquí hablo de nuevo Magas, esta vez con gran vehemencia: "Pero, si nada es verdad, ¿cómo podemos justificar tales restricciones? ¿Acaso no deberíamos ser libres de perseguir nuestra meta del modo que juzguemos oportuno?".

"¿Consideras que se trata de una contradicción fatal?", le preguntó la mujer.

"Simplemente me suscita preguntas", respondió Magas. "¿De qué autoridad manan estos preceptos?".

"Somos Ocultos, un título que nosotros mismos nos hemos otorgado. Al igual que también nos hemos impuesto un fin: la liberación física y espiritual del hombre. Son ambiciones que hemos creado nosotros mismos. Por tanto, para alcanzarlas, nosotros creamos las leyes que nos guían. No hay magia ninguna en estas palabras, ni llamamiento a una autoridad superior. Solamente las seguimos porque nos ayudan a lograr lo que nosotros mismos nos hemos propuesto. Estas leyes nos permiten persistir. La eficacia de cualquier precepto debe juzgarse según el resultado de su práctica".

Por un momento calló, miro al maestro Hakor y luego de nuevo a nosotros.

"Que se sepa y que quede constancia de que estas son las conclusiones del último sínodo de los Ocultos. No se celebrará otro. Hoy cae la sombra, ahora y por toda la eternidad, para ocultarnos para siempre. Que nuestra labor continúe solamente en la oscuridad".

"Obrad en silencio a partir de este día. No pronunciéis vuestros nombres ni los nombres de vuestros familiares y amigos, pues hacerlo supondría un compromiso mortal y un gesto inútil. No busquéis el reconocimiento ni la gloria, ni remuneración alguna por vuestro deber. No busquéis más que la luz, por muy tenue que sea un parpadeo en el horizonte".

La mujer hizo una pausa y esbozó una sonrisa sutil. Por primera vez desde su llegada, parecía satisfecha.

"Somos Ocultos, todos nosotros, por la eternidad juntos en nuestra soledad. Que así sea para siempre".

Ahí terminó, hizo un leve gesto con la cabeza, se giró y caminó hacia la salida, en la parte trasera del salón, sin hacer ningún ruido. La estancia permaneció en silencio durante un rato, hasta que el maestro Hakor lo rompió instándonos a retomar nuestros estudios vespertinos. El tema del día era Euclides, y entre el crujir de los pergaminos los acólitos se pusieron a trabajar.

Varias horas más tarde, yo me hallaba fuera, en el jardín junto a la tumba del rey Alejandro, disfrutando de un cuenco de dátiles y pensando en las lecciones del día y en aquella mujer que tanto nos había dado en lo que reflexionar. Tanto me sumí en mis pensamientos que no me percaté de la llegada de Magas, que me sobresaltó al tocarme el hombro.

"Menudo día, ¿no crees?", me dijo entusiasmado. "Y menuda visita hemos recibido".

Al confundir mi expresión de curiosidad con reproche, Magas sacudió las manos como queriendo disculparse.

"Ya, ya lo sé", me dijo. "La gloria y el reconocimiento están mal considerados. El anonimato es nuestra arma. Pero permíteme únicamente este momento de júbilo. Pues conocer a una de nuestras fundadoras, a la mujer que acabó con los ptolemaicos, nada menos... es una oportunidad que no volveremos a tener".

"¿Una fundadora?", repetí. "¿De los Ocultos? ¿Ella?"

"Sí, así es", me contestó Magas. "Los vivo han olvidado su verdadero nombre, al igual que todos los nombres de los primeros Ocultos. ¡Testimonio de su devoción, a mi parecer! Pero una mujer tan teñida y manchada por la historia no puede ser invisible en su propia época. Ha visto la sangre del César, las lágrimas de Cleopatra y la ira del emperador Augusto, ¡nada menos!"

Magas se inclinó hacia mí para que solo yo lo oyera entre el zumbido de las abejas y el aleteo de las mariposas.

"Ella me mataría por pronunciar su nombre, pero ¡lo diré! Amunet la llamaban hace mucho tiempo. Y hoy, por un momento, ha vivido, no como un recuerdo, sino en carne y hueso. En cuanto a los demás, se han ido... y por ello son más felices, creo".

Referencias[]

  1. Assassin's Creed: Valhalla
  2. 2,0 2,1 2,2 Valhalla - Breve historia de los Ocultos

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